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Pechos más grandes con..

>> viernes, 3 de abril de 2009

Cada vez que se crea o se descubre algún procedimiento quirúrgico, poco es el tiempo que pasa para que se le encuentre también una aplicación estética. Alguna vez pasó con el Botox®, que era sólo una neurotoxina elaborada por una bacteria llamada Clostridium botulinum, causante del botulismo (se caracteriza por el desarrollo de alteraciones vegetativas, sequedad de boca, náuseas y vómitos y parálisis muscular progresiva), catalogada como arma química, utilizada como correctora del estrabismo (bizquera), ayuda a relajar los músculos en pacientes con ciertas parálisis, etc. Se convirtió en sinónimo de cero arrugas.


Los cambios son notables

Ahora, es el turno de las células madre. Están haciendo furor. No sólo reparan corazones o hacen crecer dientes nuevos, sino que ya se están comenzando a utilizar para incrementar el tamaño de los pechos. Esta terapia, cuyas diez primeras voluntarias serán tratadas en mayo, también será de ayuda a aquellas mujeres que hayan perdido sus mamas por culpa del cáncer.

Las células madre, con su capacidad para convertirse en cualquier tipo de tejido que el paciente necesite, serán posiblemente la solución para aquellas mujeres que creen tener un busto más pequeño que el adecuado. Se trata de un nuevo tratamiento que, además de lograr el incremento de ese par de glándulas tan especiales, provoca una reducción en la cantidad de grasa del abdomen. La base de la terapia son las células madre obtenidas de la grasa que recubre el estómago o los muslos, y aseguran que permitirían incluso hacer crecer pechos nuevos en las pacientes que han tenido que ser amputadas como consecuencia de una terapia contra el cáncer.

Kefah Mokbel, un cirujano especializado en mamas que se desempeña como consultor en el London Breast Institute del hospital Princess Grace, será quien se encargue de poner en marcha este proyecto. En el mes de mayo diez voluntarias comenzaran a ser tratadas por su equipo, y en pocas semanas deberíamos tener resultados palpables. Mokbel predice que los pacientes privados podrán comenzar a utilizar este tratamiento seis meses más tarde, con un costo similar al de una operación de implante de silicón. Los resultados, asegura, son mucho mejores con las células madre ya que en lugar de utilizar un relleno plástico para dar volumen son los propios senos los que crecen de forma natural.


Me gusta cuando los resultados de la ciencia son palpables

"Este es un avance muy interesante en la cirugía de mama", dice Mokbel. Los pechos tratados con células madre “se sienten más naturales, porque el nuevo tejido tiene la misma suavidad que el resto de la mama”, asegura. El tratamiento que ofrece el británico representa un gran avance respecto de los implantes tradicionales, ya que no se está introduciendo un cuerpo extraño en la paciente. Con las células madre no existen las complicaciones a largo plazo, las necesidades de reemplazo, no hay fugas ni tampoco cicatrices. La nueva técnica funciona bien en el aumento de tamaño, aunque no proporciona la firmeza y la elevación de un implante de siliconas. Esto se debe a que la mama adopta su forma natural, algo que no ocurre cuando se modifica su estructura con un agregado inorgánico.

Mokbel se muestra muy optimista. “Este es un avance muy interesante en la cirugía de mama” repite ante quien quiera escucharlo. Se extraen las células madre de la grasa de la misma paciente, y se elabora un concentrado que es mezclado con más grasa abdominal antes de ser inyectada en el pecho. Si bien se necesitan varios meses para lograr el tamaño deseado, los resultados son apreciables a las pocas semanas. Otros autotransplantes de grasa realizados antes, sin el adicional de las células madre, presentaban dificultadas a la hora de mantener un suministro de sangre al tejido nuevo. Pero los científicos creen que esta técnica promueve el crecimiento de los vasos sanguíneos para asegurar un suministro suficiente de sangre que circula por el tejido agregado.

Evidentemente, el potencial de las células madre no deja de sorprendernos. Esperamos con ansiedad el momento de ver los resultados de esta nueva técnica.Enlaces:

El Botox como arma biológica

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Un sistema inmunológico para la Tierra

>> miércoles, 1 de abril de 2009

Un argumento bastante usado por los escritores de ciencia ficción consiste en el exterminio de la raza humana por culpa de un virus que, por algún motivo oscuro, ha pasado de alguna raza animal (y hasta extraterrestre) al hombre. Nathan Wolfe, un reconocido “cazador de virus”, asegura que esto ocurre todo el tiempo y, además, que ha descubierto varios de ellos.


“Nuestro conocimiento de la diversidad viral en el planeta es insignificante. Ni siquiera sabemos el tamaño del iceberg. Sólo sabemos que la casi totalidad de esa diversidad viral está por descubrir y nos es desconocida. No tenemos ni idea de qué porcentaje está bajo el agua, pero seguramente es un gran porcentaje.” La frase anterior pertenece a Nathan Wolfe, que en los últimos años ha perturbado a más de uno con sus declaraciones. Nathan es un cazador de virus profesional, que participó en la ultima conferencia TED: Ideas Worth Spreading, desarrollada en California en febrero de este mismo año.

El especialista habló de sus experiencias en África, lugar al que ha viajado innumerables veces y donde ha logrado demostrar que hay un número increíble de virus que saltaron la -a veces delgada- barrera que separa a los animales de los humanos. Uno de los casos mas conocidos es, cómo no, el virus del sida. El problema, dice Wolfe, es que lo siguen haciendo. La cantidad de virus es tan enorme que, si se publicara una enciclopedia de 30 volúmenes sobre todas los organismos vivientes, 27 de ellos corresponderían a los virus conocidos hasta hoy y solamente los 3 restantes estarían dedicados a los otros animales. Si a esto le sumamos que solo conocemos un ínfimo porcentaje de los virus existentes, podemos hacernos una idea de la problema que tenemos entre manos. Justamente, la vida de Nathan Wolfe está dedicada a evitar las pandemias, a predecirlas, a combatirlas y a erradicarlas. En su trabajo combina métodos de la virología molecular, la biología evolutiva, la ecología y la antropología.



“Descubrimos nuevos virus continuamente. No es posible descubrir nuevos primates todo el tiempo por que ya hemos descubiertos la mayoría de ellos, pero ese no es el caso de los virus”, se entusiasma Nathan. “Existe un gran interés en los virus dañinos, pero la mayoría de ellos son neutrales, incluso algunos de ellos cooperan con sus huéspedes.”, aclara. “No todos son agentes con capacidad de tener efectos devastadores sobre la población humana de forma relativamente rápida”, prosigue. Por supuesto, la idea de que algunos cientos de miles de virus con una capacidad de contagio y habilidad para mutar continuamente como el SIDA están por ahí ocultos esperando saltar al hombre es poco tranquilizadora.


A Wolfe le preocupa la forma en que se efectúa el control global de enfermedades. En general, no suele estar supervisado por biólogos o científicos, sino por médicos o funcionarios de la salud pública. “Esperamos a que las pandemias ocurran y luego hacemos todo lo que podemos para controlarlas una vez en marcha”, dice. El especialista compara el estado actual del control de las enfermedades virales con el la forma en que se trataban enfermedades cardiovasculares hace cincuenta años: no se prevenían. “Nadie medía niveles de colesterol, ni controlaba la tensión arterial, ni se intentaba modificar los hábitos de fumar. Simplemente se esperaba al ataque cardíaco”, agrega. “Cuando hablamos de pandemias estamos igual, esperando al ataque cardíaco.”



Estamos a la espera de un ataque cardíaco


La apuesta de Nathan consiste en ponernos a pensar en qué forma podemos hacer un trabajo mucho mejor a la hora de predecir y prevenir las pandemias. Según Wolfe, tendríamos que ser capaces de llegar a un punto (en el futuro próximo) de convertirnos en tan buenos científicos como para lograr cazar la mayoría de esos virus, convirtiendo a una nueva pandemia en algo sumamente raro. “Lamentablemente, si se le pregunta a profesionales de salud pública, es muy posible que ni siquiera se les haya ocurrido que se hubiese podido prevenir la epidemia de VIH, y mucho menos que podamos conseguir que un día no haya más epidemias”, dice. Sería, ni más ni menos, poner el caballo por delante del carro, y en lugar de esperar a ser masacrados por un virus desconocido, prepararnos para su aparición y plantarle cara. Para ello el único camino es ponernos ya mismo a encontrar y estudiar toda la parte del iceberg que no vemos, de forma que el enemigo deje de ser un desconocido invulnerable.


Mientras tanto, epidemias de enfermedades tan fácilmente tratables como el dengue o la malaria siguen haciendo estragos a lo largo y ancho del planeta. Quizás ya sea hora de ponernos a trabajar en serio en estas cuestiones.

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